This excerpt is published in conjunction with the Latin American Studies Association congress in Barcelona. Check for other posts from the conference. #LASA2018

By Seth Holmes, author of Fresh Fruit, Broken Bodies: Migrant Farmworkers in the United States

The village of San Miguel, Oaxaca. Photo by Seth M. Holmes.

When I first arrived in San Miguel, I attempted to explain to the officials at la ‘presidencia (the town hall) my reasons for being there. I said that I was hoping to live in town for several months to learn about the everyday life and health of the residents. The official in charge of legal issues (el síndico) explained that there was nowhere to stay, no hotel or guest house, but that I could work in the Centro de Salud (government clinic) in town since it was short-staffed. San Miguel has a small, federally funded clinic staffed alternately by a medical resident (pasante) and a nurse, often with a day or two in between when there is no staff. Every medical resident in Mexico is required to spend the year after graduating from medical school doing community service and is assigned a clinic. A new medical resident comes to the clinic each year, and most of the nurses are rotated by the federal government at least once a year. Thus there is minimal rapport between the village and the clinic staff. The síndico told me that the nurse, Josefina, and the doctor, Juan, were both from Oaxaca City and spoke only Spanish.

The síndico’s suggestion that I help in the Centro de Salud made me nervous; I was concerned that I might be pigeonholed as only a medical practitioner instead of an anthropologist and that I might be mistaken for a fully trained physician. I told him that I would be interested in observing the physician and nurse in town and assisting when appropriate but that I was there primarily to learn from the people and that I could not practice medicine on my own. He looked disappointed and confused. When I repeated that I was there primarily to observe and learn from the Triqui people about their lives and health, he still seemed unconvinced that I could not fill a position at the clinic. I tried to explain that I had not finished my training as a physician and still needed to be supervised by a doctor with more experience. The síndico replied, “Ese médico no sabe nada” (That doctor doesn’t know anything).

This harsh statement took me aback. I wondered whether it was due to a difference in illness explanatory models between an indigenous Triqui person and an urban allopathic physician, an appropriate judgment of the lack of knowledge of a pasante not yet finished with his training, or the result of a lack of knowledge or bedside manner on the part of this particular médico. I assumed, irrespective of the primary reason, that the account was specific to Juan and the situation in the Centro in San Miguel.

However, as I continued my fieldwork in Washington, California, and Arizona and returned to San Miguel during the tenure of a new pasante, I heard “Los médicos no saben nada” (Doctors don’t know anything) in several contexts. I found this refrain quite disconcerting. I had assumed that the physicians working with the Triqui people in migrant clinics or government-funded clinics in Oaxaca would be appreciated, partly because they had forgone prestige, state-of-the-art facilities, and higher salaries in order to work with this population. In addition, I was in the midst of demanding training to become not only an anthropologist but also a physician, and I wanted to work in the future in both capacities with Latin American migrant laborers. Why did the Triqui people think that the physicians working with them did not know anything? What was wrong with the doctor-patient relationship? Why was it so unhelpful in its present form? Could it be changed to be more helpful for my Triqui companions? What were the economic, social, and symbolic structures impeding such change? And how might anthropology speak to clinical medicine and public health? These questions form the impetus for this chapter.

In the previous chapter, I described the illness narratives of Abelino, Crescencio, and Bernardo, considering the effects of the different expressions of violence at work in migrant farm labor. Here I continue the histories of Abelino’s knee, Crescencio’s headache, and Bernardo’s stomach pain as these individuals interact as patients with health professionals in Washington, California, and Oaxaca. Using these illness narratives as well as interviews with clinicians and observations of clinical encounters, this chapter explores both the structural factors affecting migrant health care and the lenses through which health professionals perceive their migrant patients.

Capítulo 5 (pages 149-151)
“Los doctores no saben nada”
La mirada clínica en la salud para migrantes

Cuando llegué por primera vez a San Miguel, intenté explicarle a los funcionarios del ayuntamiento mis razones para estar ahí. Dije que esperaba vivir en el pueblo durante varios meses para aprender sobre la vida cotidiana y la salud de los habitantes. El funcionario a cargo de los asuntos legales (el síndico) me explicó que no había un lugar donde me pudiera quedar, ningún hotel o casa de huéspedes, pero que podía trabajar en el Centro de Salud en el pueblo, ya que faltaba personal. San Miguel cuenta con una pequeña clínica financiada por el gobierno federal, que es atendida por un médico residente y una enfermera que se turnan, con uno o dos días entre labores, cuando no hay personal. Todos los médicos residentes en México deben pasar un año después de graduarse de la escuela de medicina haciendo su servicio social; por ello son asignados a clínicas. Cada año llega un nuevo médico residente a la clínica y el gobierno federal rota a la mayoría de las enfermeras por lo menos una vez al año. De este modo, la relación entre el pueblo y el personal de la clínica es mínima. El síndico me dijo que la enfermera, Josefina, y el doctor, Juan, eran de la ciudad de Oaxaca y solo hablaban español.

La sugerencia del síndico de que podría ayudar en el Centro de Salud me puso nervioso; me preocupaba que me vieran como un prac- ticante de medicina y no como un antropólogo y me confundieran con un médico con una formación sólida. Le dije que me interesaba observar al médico y a la enfermera del pueblo y asistirlos cuando se diera el momento apropiado, pero que me encontraba ahí para aprender de la gente y que no podría practicar medicina por mi cuenta. Pareció desilusionado y confundido. Cuando repetí que estaba ahí principalmente para observar y aprender de los triquis sobre sus vidas y su salud, aún parecía no estar convencido de que no pudiera llenar el lugar vacante en la clínica. Traté de explicar que no había terminado mis estudios como médico y que todavía necesitaba ser supervisado por un doctor con mayor experiencia. El síndico respondió: “Ese médico no sabe nada”.

Esa afirmación severa me sorprendió. Me pregunté si se debía a una diferencia de interpretación de una enfermedad entre una persona indígena triqui y un médico alópata urbano, a un juicio apropiado de la falta de conocimiento de un pasante que aún no ha terminado sus estudios, o al resultado de una falta de conocimiento o de buen trato a los pacientes por parte de este médico en particular. Supuse, sin tener en cuenta la razón primordial, que la explicación se debía en específico a Juan y la situación en el Centro de San Miguel.

Sin embargo, conforme continué mi trabajo de campo en Washington, California y Arizona y regresé a San Miguel durante la residencia de un nuevo pasante, escuché: “Los médicos no saben nada” dentro de diversos contextos. Este estribillo me desconcertó bastante. Supuse que los médicos que trabajaban con la gente triqui en clínicas para mi- grantes o en clínicas financiadas por el gobierno en Oaxaca serían va- lorados, en parte porque han renunciado al prestigio, a instalaciones de tecnología de punta y a salarios más elevados con el fin de trabajar con esta población. Además, estaba a la mitad de una formación muy exigente para convertirme no solo en antropólogo sino también en médico y quería trabajar en el futuro en ambas profesiones con los trabajado- res migrantes latinoamericanos. ¿Por qué los triquis pensaban que los médicos que trabajaban con ellos no sabían nada? ¿Qué estaba mal en la relación entre doctor y paciente? ¿Por qué era tan problemática en su estado actual? ¿Podría cambiarse para que fuese más útil para mis compañeros triquis? ¿Cuáles eran las estructuras simbólicas, sociales y económicas que impedían dicho cambio? ¿Y cómo podía la antropolo- gía entablar un diálogo con la medicina clínica y la salud pública? Estas preguntas son el empuje de este capítulo.

En el capítulo anterior, describí las historias de las enfermedades de Abelino, Crescencio y Bernardo, considerando los efectos de las diferentes expresiones de violencia en juego en el trabajo agrícola de los mi- grantes. En esta parte, continúo con las historias de la rodilla de Abelino, el dolor de cabeza de Crescencio y el dolor de estómago de Bernardo mientras interactúan como pacientes con profesionales de la salud en Washington, California y Oaxaca. Utilizando estas historias de enfermedad al igual que algunas entrevistas con médicos y observaciones de encuentros clínicos, este capítulo explora tanto los factores estructurales que afectan el servicio de salud para migrantes como la lente a través de la cual los profesionales de la salud perciben a sus pacientes migrantes.


All of the book award money and royalties from the sales of Fresh Fruit, Broken Bodies have been donated to farm worker unions, farm worker organizations and farm worker projects in consultation with farm workers who appear in the book. 

And congratulations to Seth for the 2018 LASA Premio Iberoamericano Award, Honorable Mention.

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